domingo, 30 de diciembre de 2012

El pozo


Nicka secó su frente con el pañuelo de seda. Tenía sed, y faltaban varios kilómetros para llegar a la aldea donde vivía su abuela.
 “El caballo también estará sediento”, pensó. Pero miró a su alrededor y no vio rastros de agua.
       
        A unos cuatrocientos metros se veía un grupo de árboles oscuros, rodeados por un anillo de arbustos. Aunque debía desviarse un poco del camino que zigzagueaba entre las colinas, decidió acercarse a ellos para descansar. Bajó del caballo, y lo llevó hasta la sombra de un primer árbol solitario. Mojó apenas los labios con el agua que quedaba en la cantimplora y luego la derramó íntegramente en un cuenco formado en la roca, para que Pegaso bebiera. Después, levantando un poco la larga falda de su vestido de novia, se dirigió hacia la arboleda.
            
        Oculto bajo unas plantas trepadoras, cubiertas  de exangües flores amarillas, encontró un peñasco. En él, desgastada por el paso del tiempo y la intemperie, había una inscripción que terminaba en: “... del pozo”. Por debajo, unas palabras ininteligibles terminaban en: “lo que quieres...”
Nicka suspiró.  “Un pozo”, pensó. “Tal vez aún haya algo de agua”.

        Parecía que en mucho tiempo nadie había pasado por allí. No había senderos visibles y ni siquiera se escuchaba el canto de los pájaros. El sol todavía estaba alto y la viajera se sentó a la sombra, tratando de imaginar qué había pasado cuando fueron a buscarla para la boda, y no la encontraron.
 Y es que hizo lo único que quedaba por hacer: huir. Pero abuela Valadia no la condenaría y le daría el tiempo necesario para que los suyos aceptaran que no se casaría con Karl... ni con nadie.
        Porque Nicka había deseado desde siempre ser una sacerdotisa del Templo de la Bóveda Estrellada. Anhelaba invocar a los espíritus, conocer lo que aún no había sido siguiendo la ruta matemática de las estrellas, y derramar la sangre de los sacrificios que complacían a los Dioses.
        Y poco a poco, a causa del calor o del cansancio, se fue adormeciendo con estos pensamientos.
        Al principio no supo si eran parte del sueño, o del despertar. Pero a lo lejos, como traídas por el viento pese a la quietud del aire, se escuchaban voces. Voces y risas tenues, que se acrecentaban, e iban transmutándose en una canción bellísima e hipnótica, cantada en una lengua desconocida.
       Sin embargo, ella entendió. Era un llamado, y en él estaba entretejido su propio nombre.
       ––Nicka... Nicka... ––Susurraban. Suplicaban. Exigían.
        Se incorporó sobresaltada. Sintió el latido de la sangre en su pulso y en sus sienes, y fue hacia ellas apartando las malezas, lastimándose, dejando jirones de ropa en las zarzas espinosas, hasta alcanzar el pozo.
        En el centro de un círculo de árboles donde jamás llegaba la luz del sol, se elevaba el brocal hecho de piedras grises, cubierto de verdín. De allí provenían las voces, y eran más claras que nunca.
        Dobló cuidadosamente el velo nupcial que dejó en el borde, se quitó los zapatos, y  se asomó. Extendió las manos blancas hacia otras manos ansiosas que la reclamaban desde lo profundo, y entonces se precipitó al vacío. Una vez más, todo fue silencio.
        Ese mismo día, Pegaso llegó a la aldea sin su amazona. Fue en vano buscarla por los alrededores, y nadie se aventuró a internarse en el Bosquecillo del Pozo.
        Pero abuela Valadia no necesitaba explicaciones. Conocía como nadie el corazón de Nicka y sin derramar lágrimas inútiles, recordó la antigua inscripción: “Mantente alejado del pozo...  porque puedes encontrar lo que quieres”.
        “Porque puedes encontrar lo que quieres” ––. Repitió con un suspiro, antes de entrar a la casa.

Publicado en Horizon Literar Contemporan (Rumania)
Septiembre - Octubre 2011


viernes, 14 de diciembre de 2012

Nocturnidad callejera



Vengo desde la oscuridad buscando torpemente algo de luz. Es luz artificial, una luz que me permite distinguir de a poco los contornos. El reflejo de las farolas es tan cálido! Pero todo parece estar siempre un poco más allá. 
Mientras me acerco, un tanto vacilante, yo, sombra que solamente puede perdurar entre las sombras, me pregunto quienes están ahora tras las paredes con las puertas cerradas... adonde van los que viajan por estos lugares que un día me fueron familiares. Mientras, me fundo de a poquito con el brillo escaso y quedo aletargada en él, esperando que el sol llegue finalmente y me libere de un zarpazo.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Limpia suciedad


A finales del siglo XXI la basura ya no es un problema. Todo está clasificado, y lo reciclable es reciclado. Lo imposible se desintegra y reorganiza en átomos compatibles con el medio ambiente espacial, adonde es transportado por las naves basurero y expulsado de manera rápida y segura.
La sociedad cumple con todas las reglas de salubridad por insignificantes que parezcan, y todo está nítido y resplandeciente.
El hombre que camina por la avenida Corrientes tiene prisa; no advierte que un pañuelo de papel cae de uno de sus bolsillos. Una alarma paraliza el tránsito, y una unidad de Higiene Ambiental se hace presente capturando el papel y al infractor, que es trasladado a Punibilidad.
En una blanca e impoluta cabina le colocan el traje hermético. Es apto para residuos orgánicos, y termina en un casco provisto de auriculares.
Una música compuesta por delicados y vibrantes arpegios invade lentamente los sentidos del hombre, haciendo que su cerebro libere grandes cantidades de serotonina y dopamina que lo llevan al éxtasis.
Al estallar, siente como todo su ser se eleva, y se confunde con el infinito.

martes, 20 de noviembre de 2012

El lago, sin lago



Un cuento escrito como homenaje a Ray Bradbury como si fueran huellas que quise dejar sobre su bellísimo texto "El lago" 
Sigan el enlace a "Axxón", considerada como una de las mejores de habla hispana en su género.

lunes, 12 de noviembre de 2012

"Usurpador" y enlace a la traducción de Tradabordo


Estoy inquieto desde que empecé a encontrar los indicios de que alguna ignota calamidad me acecha. Se que suena a superstición,  pero hace tres días que un vago temblor me ronda, aposentándose en la boca de mi estómago.
           Todo empezó exactamente el miércoles. Bajé a la cochera y junto a mi auto, un modelo de colección que forma parte de mis pasiones más profundas, encontré un triángulo rojo, húmedo y viscoso. Pareciera que alguien lo hubiera dibujado cuidadosamente: sólo para mis ojos, o como una señal.
        Todavía era temprano para el movimiento habitual del edificio. Salí antes que de costumbre, porque tenía que terminar un trabajo atrasado. Pero no lo había comentado con nadie.
        
         El jueves tenía que encontrarme con Lily, mi hermosa vecina del segundo B. Era nuestra tercera cita, y habíamos acordado pasar la noche solos en su departamento.
         Ese día crucé para ir al supermercado a comprar el postre y un buen vino, cuando de pronto una nube de hollín se esparció a mí alrededor. Pero lo más curioso, aparte de que nadie pareciera notarlo, fue que no me dejó siquiera una mota sobre el cuerpo o la ropa. Y a mis pies cayó una pluma negra que parecía recién arrancada. Miré hacia arriba; sólo había oscuridad. ¿Pájaros negros a esa hora, en plena ciudad?  No me pareció para nada racional.
        Aún así pasé una gran noche, que me ayudó a desdramatizar los hechos. Es más, casi lo olvidé todo en la dulzura de aquel cuerpo, y aquellos labios. No dije nada porque podría parecerle una estupidez o, lo que es peor, hacer que me tomara por raro. Me gusta tanto que realmente me importa su opinión.
        
        Por fin llegó el ansiado viernes, precursor del fin de semana. Mientras desayunaba analicé mi vida en pequeños flashes coloridos, y tuve que convenir conmigo mismo en que es una buena vida. De hecho, se que muchos me envidian.  Pero entonces hubo un tercer indicio, el más aterrador.
        Al llegar al edificio que alberga la oficina en que trabajo, una mujer joven, con los ojos desorbitados, se abalanzó sobre mí aferrándome de las solapas y gritando.
     –– ¡Ahora viene por vos! ¡Viene por vos!         
     ¡Imagínense que les sucediera algo así! Chillaba histéricamente. Seguramente me puse pálido, porque sentí que las fuerzas me abandonaban.
         Enseguida el personal de vigilancia la redujo y llamó a la policía para que se hiciera cargo.
Pero aún en medio del forcejeo, seguía con sus gritos.      
         ­­–– No pudo hacerlo porque alguien que pasaba lo vio… sólo uno a la vez. Uno a la vez. Pero ahora tampoco es él… ¡Entendélo!  No es él… no es él.
        Por fin se la llevaron. Su voz, que desapareció a la distancia mezclada con el ulular de las sirenas, quedó grabada a fuego en mi cabeza.
        ­­­­
        Me sentí avergonzado al ver varios pares de ojos fijos en mí, y como se repartían codazos y cuchicheos entre los que se habían reunido. Pero al fin y al cabo la mujer no tenía nada que ver conmigo; eso hizo que pudiera desligarme rápidamente del asunto.
­­       ––No se preocupe que todo está bajo control ––dijeron. Esta mujer ha reportado crímenes inexistentes. No se sabe como pudo escapar del psiquiátrico donde estaba internada.
         Sin embargo, la expresión de terror y las cicatrices en la cara aún bella, me impresionaron profundamente.

  Salgo de trabajo y empieza a llover. Voy a ir un rato al bar para dejar pasar ese momento ambivalente que precede a la noche. Me pone melancólico.
         Ya terminé mi copa. ¡Que rápido se esfumó la luz del día! Veo que afuera hay un hombre parado bajo la lluvia. Su cara es apenas una sombra inmóvil entre el cuello alto, y el ala del sombrero.
         Es hora de irme. Al pasar a su lado un hálito frío roza mi nuca, y empiezo a sentir sus pasos rápidos detrás de mí.
        Lleno de un espanto tal vez irracional, trato de adelantarme, aunque presiento que es inútil. Y es así. En un breve minuto estoy acorralado.
        Giro para enfrentarlo y apenas puedo ahogar un grito. En el lugar en que debería haber un rostro, no hay más que una masa pálida. Pero mi silencio no es bien recompensado.
        Unos dedos como garras que emergen de los bolsillos raídos, comienzan a desgarrarme las entrañas. Mientras, su rostro va transformándose lentamente al compás de mi agonía. Antes del fin, puedo reconocerme totalmente en su encarnadura diabólica.




Entrevista a Nedda González Núñez - Tradabordo

lundi 12 novembre 2012


Nedda González Núñez
Nedda est l'auteure de « Usurpateur », la nouvelle traduite par Joachim Zaoui pour notre anthologie « Lectures d'ailleurs », une sympathique rencontre au hasard des méandres d'internet.
Merci à Nedda et merci à Joachim !

1) ¿Cuánto hace que escribe y qué la impulsó a escribir?
Empecé a escribir en el año 2000, cuando se estrenó la primera parte, de “El Señor de los anillos”. Gracias a la película supe que había una “Asociación Tolkien Argentina”. Me puse en contacto con ellos y me suscribí a su página de literatura, que funcionaba como un taller. Era un momento de cambios en la vida familiar y sentí la necesidad de tener una actividad especial que enriqueciera mi vida.

2) ¿Qué clase de lectora es?
Desordenada y ecléctica, o viceversa.

3) ¿Cuáles han sido sus principales fuentes de inspiración llegado el momento de escribir – ya sean del campo literario u otros?
Los disparadores conscientes son los autores que admiro, como Tolkien, Borges, Bradbury, Cortázar,  Le Guin, Carroll,  Jorge Amado o las hermanas Brontë, entre otros. Pero tengo una forma de ver la vida y un mundo que guardo en el inconsciente, que terminan por impregnar lo que escribo.

4) ¿Cuando escribe, piensa en el « lector », si así fuera, quién / cómo / dónde está?
No suelo pensar en posibles lectores mientras escribo. Sí, cuando el texto está terminado, cuando releo para corregir. Pienso en la impresión o sensación que podría causar en alguien que lo lea. Mis lectores son pocos, a algunos tengo el placer de conocerlos personalmente o por internet, e intercambiar con ellos lecturas y opiniones. Otros, anónimos, disparan mi imaginación por más que hayan entrado una sola vez a alguno de mis blogs. ¿Qué hace allí alguien de Turquía,  Indonesia o África del Sur? ¿Cómo llegaron? ¿Leyeron algo a través del traductor, o simplemente entraron y se fueron? ¿Habré logrado transmitirles alguna emoción por ínfima que sea? ¿Cuáles son sus nombres, cómo es su estilo de vida, su forma de pensar? Así que quién y cómo, son conceptos que no podría definir porque cada individuo es único. Eso sí deberían estar en cualquier parte del, mundo! Eso es lo más fascinante, que no haya fronteras.

5) Cuando está falto de inspiración, ¿dónde o cómo la encuentra de nuevo?
Tengo que esperar; es la ventaja de no ser famoso ni profesional. Siempre es ella la que me encuentra.

6) ¿Nos puede hablar un poco del cuento traducido aquí?
Estaba invitada a un grupo que tiene un enorme talento para escribir, historias muy breves. No tengo tanto poder de síntesis y me pierdo, entre tantas buenas historias. Escribí “Usurpador” en muy pocas, líneas, casi como un ejercicio. Después de verlo publicado pensé que tenía posibilidades de transformarse en una historia más compleja, y comencé a imaginarla.

7) ¿Qué impresión le causa saber que su cuento está siendo traducido?
Aunque no es mi primer texto traducido a idioma extranjero, no deja de maravillarme. Cuando era estudiante, mi segunda lengua era el francés. Lo leo, y percibo como se mantiene la atmósfera que traté de describir. Estoy feliz y agradecida de que haya sido tomado en cuenta.

8) ¿Qué opinión le merecen las nuevas tecnologías en lo que a literario se refiere?
Me parecen una plataforma accesible y con futuro, es el medio que más utilizo. Si bien prefiero las ediciones en papel, no es fácil publicar. Aunque aquí en Argentina se están abriendo alternativas, nuevas e interesantes.

9) ¿Si estuviera en el lugar de Rilke,  qué consejos le daría a un « joven poeta / escritor »?
Volver la mirada hacia sí mismo, es uno de los grandes consejos de Rilke que seguramente debe quedar plasmada en la obra. Pero el tiempo pasa y aunque los sentimientos básicos universales no cambien, sí ha variado la manera de expresarlos. Tal vez en tiempos como estos, globalizados hasta llegar a transformarse en un pequeño caos, habría que añadir una mirada más profunda y flexible al entorno. Y estar preparado para los cambios vertiginosos que provocan la nueva moral y las nuevas tecnologías, sin perder la magia. Porque es mágico transitar un mundo lleno de promesas y frustraciones donde con algo de suerte el último adelanto no pueda ganarle a un abrazo, una lágrima, o un ramo de flores.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Vocación



No tenía ninguna vocación, hasta que empecé a garabatear cuentos fantásticos. Entonces descubrí que tal vez tenga que esperar algún tiempo ya que cuando muera, quiero ser un fantasma.

jueves, 8 de noviembre de 2012

En el aniversario del nacimiento de Bram Stocker " Bajo la estación de subterráneos"

Versiones en español y rumano, publicadas en la revista 
Horizon Literar Contemporan.



En la estación de subterráneos se respiraba impaciencia. Laura miró su reloj. Si lograba transbordar antes de diez minutos, tendría tiempo de tomar un café con Joaquín antes de entrar a clase. Por fin el tren llegó, ondulando sobre los rieles.
     Se mezcló con los pasajeros y se sentó en el último vagón. Las puertas se cerraron, las luces parpadearon un par de veces, y languidecieron dejando el vagón en una semi penumbra. Laura maldijo para sus adentros, porque no podría echar un último vistazo a sus apuntes.
     Miró a su alrededor y se encontró con la mirada descarada de un hombre joven y muy delgado, de cabello lacio y oscuro. Estaba parado cerca de una de las puertas, y algo en él hizo que se sintiera incómoda.
     No era la primera vez que lo veía, pero nunca le había prestado atención. En la rápida mirada que le dedicó le pareció que su ropa era anticuada. Notó su extrema palidez y que los ojos, demasiado brillantes, estaban rodeados por profundas ojeras. Pero enseguida se distrajo en otros pensamientos.    
     Las estaciones se sucedieron con rapidez y pronto llegó el momento de hacer combinación con la otra línea. Bajó, y se rezagó un poco para no amontonarse con el resto de la gente.
    
     En pocos segundos sucedieron dos cosas inesperadas: un chico le arrebató el bolso y escapó corriendo por el andén casi vacío, y el hombre del tren se acercó a ella y la tomó por un brazo.
      ¾Vamos a buscarlo ¾le dijo¾ no puede estar muy lejos.
     Laura lo encaró bruscamente:
   ¾¡Suélteme! ––le dijo.
   ¾Sólo quiero ayudarla ¾respondió, sin hacerle el más mínimo caso.
     De pronto se sintió mareada, y cambió de parecer. Pensó en sus pertenencias. No  llevaba mucho dinero, pero sí sus documentos, llaves... y las cartas de Joaquín.
     Mientras, el ladronzuelo se coló por una puerta estrecha y despintada que se abría donde terminaba la pared azulejada del andén.
    
     De un tirón Laura se soltó del brazo que la retenía y en un gesto de audacia poco común en ella, comenzó a correr detrás del chico sin pensarlo dos veces.
     Entró en un pasillo largo y mal iluminado, que parecía descender suavemente. Contra las paredes cubiertas de graffitti se apilaban flojamente rollos de cable y alambre. El aire era frío y estaba enrarecido.
     Sólo se escuchaba el sonido de pasos: delante, el golpeteo de los pies del chico, luego sus propios pasos, rápidos y firmes y, por último, otros pasos más lentos y sigilosos que cerraban la marcha.
     El pasillo desembocó en un amplio salón de techo abovedado con varias columnas manchadas de humedad, y Laura titubeó. El piso estaba mojado.
     Al detenerse escuchó su propia respiración agitada y un goteo monótono que caía en algún rincón. Una rata asustada emitió un chillido agudo, y escapó hacia la oscuridad
     La sala terminaba en una pared gris en la que se veía una única abertura alta y estrecha. Del ladronzuelo, ni rastros.
    
     De pronto una mano fría se posó en su hombro, arrancándole un grito ¡Era el hombre del tren! 
    Quedaron frente a frente. Él la miraba intensamente con sus ojos demasiado brillantes y ella sintió miedo. Un miedo que no le permitía moverse. Cada vez sentía su aliento más cerca hasta que, con verdadero espanto, vio relucir unos colmillos que se acercaban a su cuello. Apenas la rozaron, un fino hilo de sangre manchó el blanco impecable de su blusa. Se estremeció y él se apartó. La miró con sorna, y la dejó ir.
      Con un esfuerzo sobrehumano, Laura corrió hacia la abertura del fondo; era su única alternativa. Se encontró en el rellano de una escalera oscura que descendía... quien sabe hasta dónde. Pero lo único que le quedaba por hacer era seguir adelante.
     Perdió la noción del tiempo; ya no sabía cuanto hacía que bajaba, hasta que su corazón comenzó a latir furiosamente ¡Escuchó voces! ¡Un poco más abajo se escuchaban voces!
     Apuró el paso. La escalera se abrió a otra amplia sala ruinosa, en la que todavía se notaban los vestigios de un lujo decadente. Allí, vestidos con ropas raídas y de distintas épocas, había hombres, mujeres y niños que pálidos y envilecidos, deambulaban por los pasillos polvorientos y parecían esperarla
      ¾No la toquen, es para él ¾repetían con voz monótona una y otra vez, dejándola correr sin sentido ni dirección entre las puertas rotas y las cortinas de terciopelo rasgadas.
     Y es que había llegado a lo más profundo bajo la estación de subterráneos, refugio y cárcel a la vez de las almas perdidas que beben sangre para tratar de aplacar su sed eterna.
    Desde un principio todo había sido una trampa, un juego cruel. Y ahora llegaba Él. Él, que convertía a sus víctimas en amantes suicidas o en hijos de su negro corazón, despojándolos de toda humanidad.
      Laura comprendió todo en su último instante de lucidez. Ya se acercaba a ella sonriendo, tendiéndole sus manos pálidas. Sabía que había perdido la partida, porque estaba deseando que la alcanzara...

SUB STAŢIA DE METROU

În staţia de metrou plutea nerăbdarea. Laura îşi privi ceasul. Dacă s-ar fi transbordat în zece minute, ar fi avut timp să ia o cafea cu Joaquín mai înainte de a intra la clasă. În cele din urmă trenul sosi, balansându-se pe şine.
Se amestecă printre călători şi se opri în ultimul vagon. Uşile se închiseră, luminile clipiră câteva de câteva ori şi încremeniră, lăsând vagonul în penumbră. Laura blestemă în sinea ei, pentru că nu putea să mai arunce o privire pe notiţele ei. Privi în jur şi întâlni privirea neruşinată a unui bărbat tânăr şi foarte suplu, cu părul drept şi închis la culoare. Stătea în picioare lângă una din uşi, şi ceva din el o făcu să se simtă incomod.
Nu era pentru prima dată când o vedea, dar niciodată nu îi dăduse atenţie. În privirea fugară pe care i-o dedică i se păru că rochia ei era demodată. Reţinu paloarea sa extremă şi că ochii, prea strălucitori, îi erau înconjuraţi de cearcăne adânci. Dar apoi au furat-o alte gânduri.
Staţiile se succedară rapid şi curând veni momentul să schimbe linia. Încetini şi zăbovi un pic, ca să nu se amestece cu ceilalţi.
În câteva clipe se petrecură două lucruri neaşteptate: un puşti îi smulse geanta şi o luă din loc fugind pe platforma aproape goală, iar omul din tren se apropie de ea şi o luă de braţ.
- Hai după el, nu poate să fie prea departe.
Laura îl înfruntă brusc:
- Dă-mi drumul! îi spuse.
- Nu vreau decât să te ajut, răspunse, fără să facă nici un caz.
Dintr-o dată se simţi ameţită şi se răzgândi. Se gândi la lucrurile ei. Nu-i fuseseră luaţi mulţi bani, dar îi luase documentele, cheile ... şi scrisorile de la Joaquín.
În timpul acesta, micul hoţ se strecură prinbtr-o uşă îngustă, unde se termina peretele acoperit cu faianţă al platformei.
Cu o smucitură, Laura se eliberă din strânsoarea braţului care o ţinea şi, cu un gest de curaj puţin obişnuit pentru ea, începu să alerge după băiat, fără să mai stea pe gânduri.
Intră într-un coridor lung şi prost luminat, care părea să coboare uşor. Pe pereţii acoperiţi cu grafitti se îngrămădeau parcă role de sârmă şi cabluri. Aerul era rece şi rarefiat.
Nu se auzea decât zgomotul paşilor dinainte, bocănitul picioarelor băiatului, apoi propriii paşi, rapizi şi hotărâţi şi, în ultimul rând, alţi paşi mai înceţi şi reţinuţi încheind marşul.
Cordorul dădea într-o cameră de zi spaţioasă cu un tavan boltit, sprijinit pe mai multe coloane colorate de umezeală şi Laura avu un moment de ezitare. Podeaua era udă.
Oprindu-se, ea îşi ascultă propria-i respiraţie agitată şi o picurare monotonă care cădea într-un colţ oarecare. Un şobolan speriat scoase un chiţăit ascuţit şi dispăru în întuneric.
Încăperea se sfârşea cu un perete gri, în care se vedea o singură deschizătură, înaltă şi îngustă. De micul hoţ nici urmă.
Deodată, o mână rece se puse pe umărul ei, smulgându-i un ţipăt. Era omul din tren!
Rămaseră faţă în faţă. El se uita ţintă la ea cu ochii săi prae strălucitori, şi ea simţi teamă. O teamă care nu îi dădea voie să se mişte. Îi simţea respiraţia tot mai aproape până ce, cu adevărat îngrozită, văzu nişte colţi care se apropiau de gâtul ei. De-abia o atinse, şi un fir subţire de sânge îi pătă albul rochiei. Se cutremură şi el se trase de-o parte. O privi cu dispreţ, şi o lăsă să plece.
Cu o sforţare supraomenească, alergă până la deschizătura din fund, era singura ei alternativă. Se pomeni pe o scară întunecată, care ducea dumnezeu ştie până unde. Dar singurul lucru care-i rămânea de făcut era să meargă înainte.
Pierdu noţiunea timpului, nu mai ştia de cât timp cobora, până ce inima îi începu să-i bată furios. Auzi glasuri! Un pic mai jos se auzeau glasuri.
Ea grăbi pasul. Scara dădu în altă cameră ruinată, unde totuşi se mai puteau vedea urmele unui lux decadent. Acolo, îmbrăcaţi în haine ponosite, erau bărbaţi, femei şi copii cu chipuri palide şi livide care umblau prin holurile prăfuite şi păreau să o aştepte.
- Nu o atingeţi, e pentru el! repetau cu voce monotonă, lăsând-o să alerge fără rost şi fără ţintă între uşile căzute şi perdelele rupte de catifea.
Şi când a ajuns la cel mai adânc nivel al staţiei de metrou, refugiu şi carceră în acelaşi timp a sufletelor pierdute care beau sânge pentru a încerca să-şi potolească setea eternă.
De la început, totul fusese o capcană, un joc crud. Şi acum sosea El, care-şi transforma victimele în amante sau în fii ai sufeltului său negru, despuindu-i de orice urmă de omenie.
Laura înţelese totul în ultima sa clipă de luciditate, pentru că se apropia de ea surâzând, ţinând-o de mâinile palide. Ştia că pierduse partida. Dorea să o cuprindă în braţe...

Traducción: Daniel Dragomirescu.

martes, 30 de octubre de 2012

Juegos en la la lluvia


Jugaba concentrada, con esa seriedad que requiere un juego de verdad. Jugaba con las luces reflejadas en los charcos, con el golpeteo de las gotas contra el asfalto, con el viento que por momentos la obligaba a aferrarse el paraguas.

Unos pasos más allá la esperaban sus padres, sonrientes, tomados de la mano. La niña era plenamente feliz. 
Pero de eso se enteraría mucho, mucho tiempo después...

sábado, 27 de octubre de 2012

El viaje (Relato onírico)


No puedo entender por qué corro bajo la lluvia sobre el asfalto de una calle desierta, donde los edificios, árboles y aceras, se van volviendo cada vez más borrosos. Una sirena aúlla a lo lejos, detrás de mí.
         La luz que arrojan las farolas de hierro irrumpe en la oscuridad con múltiples rayos amarillos. A mi izquierda aparece un enorme edificio rectangular de mármol blanco, que se eleva sólo un poco sobre la calle. Para entrar en él, hay que bajar una escalinata lisa y aséptica, como de hospital, que ocupa todo el frente.
        Comienzo a descender de prisa. Enseguida tengo que detenerme pues, al acercarme a una de sus puertas de vidrio esmerilado, parece que estuviera cerrada. Pero ni siquiera tiene llave o picaporte, y con un suave empujón se abre sin hacer ruido.
      Frente a mí un salón enorme se pierde en la oscuridad hacia ambos lados. Alta sobre mi cabeza brilla una lívida luz de mercurio, y unos metros más adelante, el agua. Todo el edificio parece ser un largo muelle techado, y su vastedad es sobrecogedora. Sólo escucho el rumor de las olas al chocar  contra el malecón embaldosado.
       Pero de pronto, como si fueran mis ojos los que crearan las imágenes a partir de la nada, percibo la forma de un barco que parece a punto de zarpar, aunque no se ven pasajeros ni tripulación. No hay nadie para esperar, nadie para ser despedido.
        El puente que une al barco y al muelle está desierto.
       Nerviosamente aparto un mechón de cabellos mojados de mi cara, y corro hacia él. Escucho el sonido de mis pasos, agigantándose. Parece seguirme multiplicado en ecos.
Al llegar al puente aparece un oficial, que tiende la mano para ayudarme a subir.
        –La esperábamos –dice simplemente.
      No puedo ver su cara; no sé si por la penumbra o por su forma de moverse. El puente es retirado y el barco parte lentamente sin hacer sonar la sirena. Subo por una estrecha escalera hacia una de las cubiertas superiores y, al alcanzarla, encuentro todo lo que se supone que debería encontrar: la actividad de la tripulación, y los pasajeros descansando o paseando despreocupadamente. No reconozco a nadie.
         Una camarera me toma del brazo, y me arrastra hasta un camarote.
        –Acá tiene todo lo que necesita ––dice con una sonrisa antes de salir.
      Exhausta, me siento en el borde de la litera. Un espejo me devuelve mi imagen demacrada, con restos de sangre seca adherida sobre la frente. No recuerdo haberme herido.
       Miro a mí alrededor y veo ropa y calzado de mi talla, perfectamente ordenados en un placard abierto. Sobre el tocador, los productos que uso. Incluso mi perfume favorito.
        Siento la vibración del barco al deslizarse sobre las aguas mansas, y por el ojo de buey puedo ver una maravillosa puesta de sol con fulgores dorados y naranja, que rielan sobre mínimas ondas de espuma... Pero... ¿y la noche?... ¿y la lluvia?...
        Me precipito por un largo pasillo al que dan las puertas de los camarotes. De algún modo sé que no hay nadie en ellos, o que tal vez eso no importa. Voy abriendo una a una todas las puertas, a derecha e izquierda. Tras cada una de ellas hay un ojo de buey idéntico, que muestra una puesta de sol... ¡idéntica!
      Pienso en la sirena, en la sangre sobre mi frente, y en la situación absurda en que me encuentro. 
    Poco a poco comprendo que lo único que me queda por hacer, es dejarme llevar sin oponer resistencia, hasta el fin del viaje.
     Entonces comienzo a cepillarme el  pelo, y me pregunto cuál será el vestido más adecuado para subir a cubierta a reunirme con los demás.


lunes, 15 de octubre de 2012

El timón



Los deseos guardé
en el oscuro estuche
de la noche.
Voy a tomar
fuertemente
el timón.
Cuando más fiera
arrecie la tormenta,
aunque mis manos tiemblen
y sangren las heridas viejas,
tendré que mantener el rumbo
para ganarle terreno a la locura.
Trataré de esquivar
cierto hado fatal,
para seguir viviendo.


lunes, 24 de septiembre de 2012

La casa de la colina


          La casa de la colina parece frágil para soportar los embates de este viento; sin embargo es muy antigua.

          Está de cara al mar, rodeada por hierbas ondulantes que se atreven a llegar hasta el borde mismo de los acantilados. Detrás, un horizonte liso y curvo; nada más.
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          Este lugar no tiene nombre. En mi soledad, un temor indefinido se agita deliciosamente bajo la manta con que me cubro hasta la cabeza, mientras me acurruco en un sillón destartalado. Ahora no hay nada más importante que su textura y el calor que me mantiene viva.  Cierro los ojos con fuerza. En mi ceguera voluntaria, presiento la última luz del atardecer.


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          Las sombras que llegan arrastrándose sobre el suelo, irán transformándose en dedos oscuros que trepan por las paredes, para luego deshacerse y desaparecer, ya que son fugitivas por naturaleza.


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          En la habitación, un espejo vacío refleja el infinito. En su centro, sólo la casa de la colina, que tanto temo y tanto deseo...

viernes, 21 de septiembre de 2012

Sobrevivir


Caminamos siempre
por el borde de un abismo.
Las estocadas de la vida,
las da el tiempo.
Cada vez me reconozco menos,
aún sabiendo que
cada vez,
yo soy más yo.
Me sumerjo en el olvido voluntario,
de la rutina cotidiana.
Y en la terapia infalible
de vivir el minuto.

martes, 28 de agosto de 2012

Rock de los 50

Cruce de caminos


El calor era agobiante. El viento del desierto levantaba torbellinos de polvo, y unas plantas espinosas rodaban por la planicie, dejando escuchar un chasquido seco.
        La vieja estación de servicio y el hotelucho tenían un cartel despintado que anunciaba pomposamente: “Bar y Restaurante”.  Aparecían de golpe ante el viajero, borrosos en medio de la nada. Un poco más allá, unos barracones guardaban la camioneta, las herramientas, y la huerta hidropónica que Ana Losada había cultivado durante varios años con éxito considerable.
        Ana estaba sentada en el salón vacío, bebiendo un refresco al que le había agregado hielo y una generosa dosis de ginebra. A su lado, una vieja valija de cuero marrón guardaba todo cuanto necesitaba para irse.
        Su cabello castaño estaba recogido en un moño flojo. El jean gastado y la musculosa azul marino, le daban un aire juvenil a pesar de los pliegues que rodeaban sus ojos y su boca.
        Por los ventanales sin cortinas la mirada podía extenderse hasta el horizonte que se ondulaba a lo lejos, en unas mínimas colinas azules.
        Sólo el cruce de caminos en medio de las viejas construcciones, recordaba que había otro mundo en alguna parte.    
        Sus ojos se llenaron de lágrimas ¿Sería la música de la rockola, ese tango de Piazzolla llorado por un bandoneón el que le hería el alma? ¿Qué podía atarla al desierto patagónico, a esta parcela sin nombre que casi todos iban dejando atrás?
        Los recuerdos se desdibujaban. Los sueños ya no existían. Quedaron enterrados en la tumba de su marido, que descansaba en el cementerio del pueblo más cercano. Y aún siendo el más cercano, estaba verdaderamente lejos.
        El reloj marcaba las once; pronto llegarían los camiones que transportaban fruta desde el Valle y, casi enseguida, el ómnibus que la llevaría lejos.
        El viejo Alfonso estaba al alcance de su vista, concentrado en apilar cajas de mercadería. Ema y Manuel no tardarían en llegar, con su hijo Quique. Entonces comenzarían los preparativos para atender a los viajeros; pero esta vez  sin ella. Esperaba que pronto encontraran su reemplazo. Su reemplazo. ¡Cómo si fuera fácil!
        Habían sido lo más parecido a una familia que jamás tuviera. Durante varios años, compartieron las tareas y las pocas sorpresas y alegrías de aquel amplio espacio desolado.
        Cuando ya no estuviera… ¿se acordarían de darle suficiente agua a Piki, el terrier de pelo duro que abandonó un viajero hacía más de dos años?
        Pensó que en poco tiempo,  las tunas que estaban junto a la entrada del hotel volverían a florecer como un desafío a la falta de agua, a las temperaturas extremas, y a la desesperanza.
        Se preguntó que encontraría más allá, porque nadie la esperaba. Recordó sin nostalgia el mundo agitado y superficial al que había renunciado hacía más de veinte años. Se sirvió otro trago. Piki entró agitando la cola, y restregó cariñosamente el hocico contra sus rodillas.
        Ana observó atentamente a sus amigos. Se levantó, y puso otra ficha en la rockola. Nada de tristezas. Un rock furibundo de los cincuenta inundó el salón, y escapó, estridente, por las ventanas abiertas de par en par.
       Alfonso y Ema, Manuel y Quique, se acercaron sorprendidos. Ana frunció unas cejas dubitativas, pateó la valija, que se derrumbó sobre el piso, y poniendo las manos en la cintura, dijo:
                –– Voy a buscar más servilletas. ¿Les parece que la bebida se habrá enfriado lo suficiente?

sábado, 25 de agosto de 2012

Ausencia


El alma desbordada,
inundada
de vacío.
Ausencia
es una palabra aciaga;
es cubrir el fuego
con un manto frío.
Hoy necesito un ángel
que me bese en la frente.

viernes, 17 de agosto de 2012

Pensamiento


Compartamos ese sórdido afán
de soñar laberintos sin salida.
Nedda.

domingo, 12 de agosto de 2012

Otros tres cuentos para no niños


Peter Pan

En su inconsciencia de niño eterno, Peter Pan traspasa las fronteras de Nunca Jamás. Sorprendido por los cambios del Siglo XXI sobre la Tierra, se desploma en caída libre. Mientras cae comienza a dudar sobre las bondades de tamaña inmadurez.

Aladino

Aladino tiene todo cuanto desea, pero no logra ser feliz. Tal vez haber conseguido la lámpara mediante un robo fue lo que terminó por convertirlo en un cleptómano compulsivo.
Y claro, es demasiado poderoso como para ser un considerado un simple ladrón que necesita un correctivo

Pinocho

Pinocho, sentado en un bar muy coqueto, bebe una gaseosa light. Consiguió lo que quería: ya es completamente humano. Unos kilómetros más allá, pulverizado entre dos piedras, Juan Grillo se seca hasta transformarse en un simple montoncito de polvo que vuelve al polvo.



viernes, 10 de agosto de 2012

Pensamiento borgeano

 
"De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo...solo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria."

Jorge Luis Borges