domingo, 15 de enero de 2012

En el parque de diversiones





Espero que el informe le llegue mañana al franchute”, pensó el hombre mientras bajaba del ómnibus frente al modesto parque instalado en los suburbios de Haedo.
     Últimos días. Abierto de martes a jueves de 18 a 22 horas. Viernes, sábados y domingos de 18 a 24.
    Esa misma mañana había despachado el sobre marrón, con todos los datos que pudo conseguir.
    Era un sábado de abril de mil novecientos ochenta, con cielo encapotado y su reloj marcaba las veintitrés. En el rápido vistazo que le echó al arco luminoso que marcaba la entrada, notó que varias de las luces no funcionaban.
    No necesitaba darse vuelta para saber que el Falcon gris había estacionado en la breve curva que formaba la carretera, unos metros más adelante. Uno de ellos tres bajaría y entraría al parque detrás de él No había podido sacárselos de encima ni aún mezclándose cuidadosamente con los pasajeros.
     Había poca gente esa noche; tal vez porque era fin de mes. Justo frente a donde se podían tumbar las latas para ganar un peluche o la botella de un dudoso vino de tres cuartos, un altavoz dejó escuchar “Mi linda Cachita”. Pero no se podía comparar con la versión de los Lecuona Cuban Boys. Los lecuona-quiubam-bois... lecuonaquiubambois...
   Una oleada de recuerdos envuelta en el olor dulzón del pochoclo lo transportó a los años cincuenta, cuando un parque como éste era un lugar excitante, y sus padres aún estaban ahí reprendiéndolo sin demasiado énfasis para que no se alejara.
     –– ¡Te vas a perder!...  Te vas a perder.
     Unas gotas de lluvia lo volvieron bruscamente al presente. Se subió las solapas de la gabardina, y caminó deprisa entre la gente que se desbandaba.
     Fue a dar bajo el alero de la carpa de “Madame Marie” que estaba sentada en el fondo, tras una pequeña mesa circular. Frente a ella, el mazo del Tarot prolijamente apilado entre dos velas rojas, y un vaso de vidrio grueso que no dejaba adivinar su contenido, probablemente alcohólico.
     ––Tu destino por diez pesos ––dijo Madame, con ronca voz de fumadora.
     ––No vale la pena invertir ni un centavo en mi futuro ––contestó con sarcasmo ––Ya lo conozco... y gratis.
     Ella lo miró y apretó los labios, transformándolos en un tajo oscuro que le atravesaba la cara maquillada en exceso. Carlos le dio la espalda, y echó un vistazo a su alrededor.
     Había grupos de gente apiñada bajo los escasos techos, esperando que dejara de llover. En uno de ellos, a unos diez metros, vio a Silveyra que encendía un cigarrillo sin dejar de observarlo.
     En unos minutos dejó de llover. Por un momento pensó en mimetizarse con los presentes y en huir. Pero decidió que no; conocía la persistencia de sus ex compañeros. Tenían medios suficientes, pocos escrúpulos, e impunidad. Tal como él mismo poco tiempo atrás.
     Caminó hacia el puesto del juego de pesca y compró varios tickets. En menos de quince minutos, tenía en sus manos dos floreros, un reloj de plástico y una muñeca vestida de rusa, con los ojos de vidrio muy azules. Una noche de maldita suerte.
    
     Trató de imaginar si a su hija le habría gustado la muñeca y concluyó que sí, aunque ya no podría llevársela. La niña estaba lejos, a buen recaudo y Teresa se ocuparía de que no le faltara nada, era una buena madre. También esperaba que si volvía a casarse, eligiera mejor.
      Le hizo un guiño a la joven encargada del juego, y dejó los premios sobre una silla destartalada que estaba junto a la vitrina exhibidora.
     Echó otro vistazo al reloj... ¡cómo corría el tiempo! Las veintitrés y treinta y cinco. Algunos de los puestos menos populares se preparaban para cerrar. Enfiló rumbo al bufete donde ya estaban guardando los enseres, y pidió dos alfajores y café. Lo sirvió una rubia menuda, con cara de cansada. Como el patrón lo miró sin disimular el disgusto, le tiró las monedas sobre el mostrador, con insolencia. Se dirigió a una mesa algo apartada y vio que la carpa de la adivina ya estaba cerrada. Lástima. Ahora sí le hubiera gustado pagar el peso para husmear en el mañana, en caso de que lo hubiera.
       La melancolía de las cosas que se terminan lo alcanzó en la forma de una puntada leve en el estómago.
     Y deseó que todo empezara de nuevo. Que se abrieran las puertas del parque de par en par, ver las caras expectantes de los visitantes y escuchar  una y otra vez, el vals repetido de la calesita. Sería como detener el tiempo, como tener una segunda oportunidad. Pero en cambio, dejó la taza vacía y las servilletas arrugadas sobre la mesa, y salió.
    
     Desanduvo el camino sin prisa; el viento le revolvió el cabello. Pensó que en un par de semanas sería su cumpleaños número treinta y tres. Y el de Ana, su gemela, si no la hubieran asesinado aquellos mismos tipos cuando dijo que quería salirse del asunto.
     Había pagado un precio muy alto, pero ellos no se la iban a llevar de arriba. Mañana mismo tendría que llegar a las manos de un columnista político del diario francés “Le monde”, una lista detallada con los nombres y fechas de varias operaciones clandestinas que incluían desaparecidos. Todo comprobable.
     Fue alejándose del parque, caminando en dirección contraria al centro de la ciudad. Era un  tramo desierto y escuchó claramente el ruido que hizo la puerta del auto al cerrarse; seguramente Silveyra había vuelto a subir.
     Enseguida fue el turno del ronroneo del motor al arrancar, más el rasguño de las llantas sobre el pedregullo de la banquina.
     Encendió un cigarrillo; estaba extrañamente calmo. Desde el auto le hicieron un juego de luces.
     –– ¡Ey, Carlos!... Era la voz de Olivera, y se dio vuelta. El hombre obeso se había bajado y sostenía un sobre de papel marrón en su mano izquierda,
     –– ¡Mirá lo que encontramos! Esto es tuyo... ¿no? –– La mueca simulaba una sonrisa––El que busca encuentra, che.
      Ya no era el compañero con quien jugaba al truco o al fútbol mientras esperaban el momento de cumplir con sus “trabajos”.
     Y ¡mierda! Esto no era lo que había planeado. Todo para nada...  No. De ninguna manera.
     Conocía muy bien los procedimientos y varios trucos. Le extrañó un poco no ver al Gringo con los otros dos, pero mejor así.
      Se acercó unos pasos como para parlamentar, pero sacó la nueve milímetros y disparó varias veces sin advertencia
     Olivera se contorsionó de una manera ridícula, y cayó en medio de un charco de sangre. Silveyra respondió desde el asiento del acompañante, pero no fue suficientemente rápido.    
     Carlos se acercó al auto para tomar el sobre, y notó que estaba herido. No sentía dolor, pero se estaba desangrando. “Ese fue el hijo de puta de Silveyra”, alcanzó a pensar mientras tomaba el sobre. Se le nubló la vista y cayó de rodillas. No tenía fuerzas suficientes para alejarse. A lo lejos se escucharon sirenas; alguien había llamado a la policía.
     Por fin llegó el patrullero, y de él bajó el Gringo. Entonces supo que iba a morir y que al menos por ahora, las pruebas no llegarían a ninguna parte. Su alma se alivió un poco después de un sollozo crispado.
     Mientras sonaba el estampido, el cielo se despejó. Entre los jirones de nubes asomaron unas estrellas altas y pálidas. Los primeros minutos de la medianoche quedaron atrás, y todas las luces del parque se apagaron.






2 comentarios:

efa dijo...

Gran, gran relato,
Siempre me resultan atrapantes los relatos de la dictadura, me hizo acordar algo a R. Walsh cuando lo capturan.
Seguro que el diario francés se termino enterando.
Genia, amiga

Nedda dijo...

Si, seguro que la informacion llego. Y se me revelo el teclado EFA, no acentos, no signos...
Abrazo.